
Se viven días de reparación histórica en el extremo norte de Entre Ríos. Una de las construcciones más llamativas de Chajarí, la Casa Salvarredy, levantada entre 1924 y 1929 por encargo del benefactor Manuel Salvarredy, acaba de ser restaurada y puesta en valor por el municipio, para que vuelva a ser objeto de admiración por parte de los vecinos y los turistas.
Por un momento, durante el acto de reapertura del chalé de dos pisos y su torre mirador, el pueblo parecía retroceder en el tiempo y encaminarse hacia esa época de prosperidad naciente e, incluso, avanzar hasta los tiempos fundacionales, cuando, en 1875, el Ferrocarril Argentino del Este se detuvo por primera vez en la estación del entonces paraje Santa Rosa, apenas un desolado esbozo de lo que más tarde sería la promisoria Villa Libertad.
Esa larga jornada de octubre, un ambiente festivo copaba la esquina de Sarmiento y Bolívar -donde la casona impone su imponente silueta recubierta de tejas-, mientras avanzaba cada pieza de la muestra de teatro, danza, música y relato sobre el pasado local “La magia de la historia”, concebida por la bailarina y coreógrafa Silvina Ruiz.
Tanto despliegue escénico y vocación por el arte, retribuidos por el entusiasmo del público, son las señales identitarias más reconocidas de esta ciudad.
Chajarí es un eslabón esencial del circuito del Carnaval que late en el Litoral. Esa marca en el orillo explica el repiqueteo de las batucadas en medio de la silenciosa atmósfera de un atardecer primaveral, mucho antes del estallido de la fiesta más esperada.
Para los que se acostumbraron a sacudir el cuerpo al ritmo de los tambores, el desafío es acertar con el lugar del que sale esa música envolvente para acercarse a disfrutar del ensayo de los artistas y, de paso, entrever el nuevo desborde multicolor de plumas, tocados y espaldares que mostrará todos sus brillos en verano en el Paseo de la Vía.
Así, cualquier recorrido que vincule los atractivos del centro histórico puede ser matizado por los rítmicos compases que anuncian los preparativos de las comparsas Sirirí, Amarú, Aluminé y Fénix, que los visitantes suelen entender como amables invitaciones a seguir sus pasos coordinados en los clubes Vélez Sarsfield, San Clemente, Primero de Mayo y Ferrocarril.
La música de fondo y el discreto rumor del tránsito vehicular fundido con los trinos de los pájaros matizan una caminata por el bulevar 9 de Julio.
El sendero central del paseo hilvana -entre otras obras dignas de ser admiradas- los monumentos dedicados al bandoneonista Ramón Bernárdez y a la artista plástica chaqueña Luisa Pereyra (de la cultura chané guaraní), la escultura “Ni aún vencidos” sobre un tronco seco de timbó, la representación de un chajá “Fuente de sueños y esperanzas” y la pieza en hierro “Testimonio”, que resalta el fuerte desarrollo de la citricultura en la región.
Otras pinceladas del Carnaval chajariense son sugeridas en los murales que decoran la estación.
Aunque la locomotora y los vagones de “El gran capitán” dejaron de correr hace catorce años, el andén y sus galpones parecen resistir el abandono sostenidos por esos expresivos motivos de arte urbano que, cada tanto, proponen un marco inusual a la irrupción de algún tren de carga.
El atractivo de la antigua parada ferroviaria se multiplica los domingos, cuando se instala la feria semanal de emprendedores y artesanos locales.
El circuito patrimonial del área céntrica contempla sus puntos más emblemáticos en la parroquia Santa Rosa de Lima.
Allí asoma la figura omnipresente de Justo José de Urquiza, ya que el templo fue erigido en 1903 en terrenos de la estancia Santa Rosa, que a mediados del siglo XIX perteneció al ex presidente de la Nación y gobernador entrerriano. El caudillo provincial también fue honrado con la creación de la Biblioteca Popular Urquiza, en 1909.
Resguardada como tesoro invaluable, la impronta de otras personalidades relevantes de la historia de Chajarí subyace en las salas de los museos Regional Camila Quiroga (inaugurado en 1978 en la vivienda original de una de las primeras actrices dramáticas del país), Ivy Mara Ey (donde es posible indagar las raíces del malambo y otras manifestaciones de la identidad cultural de este pueblo) y Agrícola.
Las formas acogedoras que los lugareños saben dispensar ante la llegada de cada visitante son expresadas sin titubeos, como una acogedora forma de bienvenida o la más amable despedida -según el caso- en el parque que reverdece alrededor de la decena de piletas de las Termas de Chajarí, el ámbito indicado, además, para refrescarse y charlar distendidos con los anfitriones, entre mateada y mateada.


