Hace 14 años, y tras varias votaciones de un jurado internacional, la Amazonia (o Amazonía) fue elegida como una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo.
El dato, conocido, sirve para responder la primera pregunta que se puede hacer un viajero antes de encarar un nuevo destino turístico. ¿Vale la pena hacer un viaje para conocer esta combinación única de río y selva? Clarín vivió una experiencia de tres días a bordo de un crucero que recorre lo que se conoce como el Amazonas peruano, y recontra vale, sobre todo para los turistas que tienen un amplio kilometraje en sus valijas.
Para explorar la selva amazónica, lo primero que hay que definir es la época del año en la que se viajará.
Las opciones son básicamente dos. Entre marzo y noviembre, con la bajante del río; o entre diciembre y febrero, cuando el río alcanza su punto máximo.
La diferencia es sensible en la altura del agua (unos 10 metros entre ambos picos del río) pero, sobre todo, influye en el tipo de excursiones que se podrán encarar y las especies animales que se podrán conocer según el momento del año elegido.
Clarín viajó a mediados de septiembre, en bajante, y las huellas de hasta dónde había llegado el agua aún podían verse en los troncos de los árboles. La fauna, adaptada a estos ciclos, vive preferentemente en las alturas de majestuosos árboles.
Un crucero invita a explorar la riqueza de la selva amazónica.Llegar a destino
Si bien en la previa al viaje la preocupación se concentra en la ropa, el repelente y algunos cuidados básicos antes de encarar un ámbito natural desconocido, hay que tener en cuenta que el acceso a la Amazonía peruana requiere de tiempo y paciencia.
Son tres tramos y unas 8 horas de tiempo neto de viaje desde el aeropuerto de Ezeiza hasta el puerto de salida del crucero, pero que se pueden estirar hasta 16 o 18 según la duración de las escalas, las demoras en los aeropuertos y la ruta.
El grupo de Clarín, en uno de los paseos por el Amazonas.Primero, poco más de cuatro horas de vuelo hasta Lima, más otras dos hasta la ciudad de Iquitos también por vía aérea, que es la más rápida conexión entre la capital de Perú con esa ciudad. Luego, en micro, hasta la ciudad portuaria de Nauta (unos 100 km al sur de Iquitos).
Una posibilidad más relajada es quedarse en Lima una noche, recorrer un poco la capital peruana y encarar el viaje en dos días.
Iquitos también merece al menos unas horas de recorrida, aunque se nota el deterioro desde el boom del caucho. Es un distrito de estilo colonial desgastado, con una plaza donde subsisten algunos edificios de principios del siglo pasado. En una esquina está todavía la Casa de Fierro que diseñó el ingeniero Gustave Eiffel; sí, el mismo de la famosa Torre Eiffel de París. Es de 1890 y se dice que es la primera casa prefabricada de América.
La casa diseñada por Eiffel, en Iquitos.Hay una costanera interesante con un edificio cerrado que fue el gran hotel de la época de auge de esta ciudad -el antiguo Hotel Palace-, con azulejos traídos de Europa que cubren sus paredes. Los intentos de conservación, al menos desde el exterior, muestran poco cuidado con semejante joya arquitectónica en plena selva.
Hay dos características que diferencian bien a Iquitos: por un lado, es la ciudad más grande del mundo sin conexión terrestre directa (se accede por agua o por aire); y por otro, tiene un sistema de transporte de mototaxis (una moto con un carro para dos personas con dos ruedas traseras) que recuerda a países del Sudeste asiático.
Además, en Iquitos se desarrolla la trama de la famosa novela Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa, en la que un militar regentea un prostíbulo ambulante para la soldadesca instalada allí.
La ciudad ofrece un paisaje colorido, en general pobre, donde el clima (si no llueve mucho y de golpe) ayuda a disimular la escasez. Una foto que se profundiza cuando se llega a Nauta, última parada terrestre en esta aventura. Ahí la precariedad baja otro escalón, pero es la antesala a lo mejor.
En crucero, en lancha y a pie
Desde la costa de Nauta hay que abordar las lanchas para llegar hasta el crucero. El grupo que integró Clarín -35 turistas en total- hizo su experiencia en el crucero Zafiro, una embarcación de unos 50 metros de largo y tres plantas. Abajo hay habitaciones; en el primer piso, más habitaciones y el restaurante, y arriba el bar, una sala con aparatos de gimnasia más una terraza con jacuzzi. No se preocupe: en el último piso hay wifi.
El bar del barco, donde se puede probar el pisco sour.El crucero circula por zonas, en general, con aguas muy calmas, por lo que, salvo por pequeños movimientos en los traslados, o lluvias con ráfagas de viento, uno se olvida de que está embarcado y se siente como moverse dentro de un mini hotel de lujo.
La agenda de la experiencia, los tres días, es similar, pero no aburrida. Se arranca antes del desayuno, a las 6.30 de la mañana, con alguna excursión en lancha, y se termina a la tarde, también con diferentes visitas a la selva o el río.
¿En qué va variando? Los recorridos van apuntando a zonas donde se puede conocer la diversidad de flora y fauna.
Paseos en lancha y caminatas, parte del itinerario del crucero por el Amazonas.El personal del crucero es muy atento: sabe varios idiomas, se las arregla para desempeñar varias tareas a lo largo del día, y se destaca su amabilidad y disposición para que la experiencia de internarse en el Amazonas y sus afluentes sea inolvidable.
Naturaleza maravillosa
El Amazonas fue elegido como una de las maravillas naturales por ser el río más caudaloso del mundo, con especies de plantas y animales de una diversidad inimaginable.
Hay que ir predispuesto a disfrutar eso. Para los temerosos: no es que uno se va cruzando con boas, tarántulas, iguanas, caimanes o monos y arriesgando cada paso; son los guías Daniel y Walter los que van llevando a los visitantes a encontrar esas especies. En el momento puede parecer poco lo que se ve, pero al hacer el repaso, la experiencia resulta abundante.
Los guías conducen a los visitantes para que puedan observar fauna sin riesgos.Se puede pescar una piraña con una caña improvisada en la lancha, ver cómo un águila después se alimenta de esa piraña apenas se la devuelve al agua; presenciar movimientos de monos en manada por las lianas, algunos llevando a sus crías; detectar los ojos rojos de un caimán en la noche, una iguana recostada en una rama o un perezoso bajando de un árbol, haciéndole honor a su nombre.
Esto último es de lo más llamativo e interesante: los perezosos se mueven literalmente en cámara lenta, y el guía explica que es porque “viven borrachos”. ¿Cómo? “Se alimentan de plantas que tienen alcaloides y están como narcotizados todo el día.”
En cuanto a los insectos, aunque se ven hormigas de más de dos centímetros y recomiendan moverse con cuidado, no hay una invasión de mosquitos al momento de caminar por la selva o durante los recorridos nocturnos del río. De todos modos, se recomienda (y en la experiencia de Clarín, funcionó) repelente en crema, pantalón largo y camisa, para estar cubierto.
Diversidad de fauna en la selva amazónica.Esto último puede ser un arma de doble filo: protege de los insectos, pero cuando pega el sol y la lancha se detiene para algún avistaje, el calor y la humedad se sienten y mucho. No está de más llevar alguna muda “corta” en las mochilas. También malla: una de las excursiones, que llega a una playa plana y extensa, permite bañarse en el río.
En este caso, para los que les da impresión el piso barroso, se pueden usar las sandalias con suela de goma, que también sirven para superficies con piedras.
Cinco pasos y pisco sour
El otro gran ordenador del viaje, además de la agenda de excursiones y la naturaleza, es la comida. “Hoy en día, considerada la mejor del mundo”, saca pecho y acaso exagera el personal del crucero. Sin entrar en el debate fino, la oferta gastronómica es muy buena.
Hay dos épocas para hacer el viaje, en los que cambia la altura del agua.Los desayunos y almuerzos son tipo buffet, con variedades de panes, frutas, omelettes, tocino, carnes variadas, pescados. Y las cenas, en cinco pasos, también resultan muy heterogéneas. Con toques locales (condimentos, preparaciones), pero nada tan extraño para un paladar argentino de buen comer. Vale la pena probar, animarse un poco. Y en cualquier caso, siempre está la posibilidad de hablar con el encargado de cocina y pedir un menú más restringido.
El bar también tiene una oferta amplia, aunque la sugerencia aquí es probar (y por qué no, enamorarse) del pisco sour.
“Que es peruano y no chileno”, aclara la tripulación, en otro arranque nacionalista. Como sea, el barman lo prepara siguiendo la receta clásica, que incluye pisco, clara de huevo, jugo de limón y goma (almíbar) como ingredientes básicos. Rico y refrescante y, ¡ojo!, entrador.
Charla con el chamán
Además de la convivencia con la selva y animales que uno ve básicamente en películas, la otra experiencia autóctona fuerte es la visita a una comunidad amazónica y, sobre todo, la charla y el contacto con un chamán.
Por definición, el chamán es el líder de ese grupo, el que tiene los poderes para sanar a la gente del lugar con medicina natural. Según explica el guía, “son ocho años de preparación, aprendiendo para qué sirve para cada planta. Además, un chamán más viejo tiene que ver en su aura una estrella blanca que lo marca como el elegido”.
El chamán contesta todas las preguntas y habla sobre la medicina natural.Las historias alrededor de las curaciones de los chamanes son parte de la experiencia. El propio líder que visitó el grupo de Clarín (llamado Efraín) aseguró que gracias a sus medicinas, durante la pandemia del Covid “no murió nadie de esta comunidad ni de las otras seis comunidades a mi cargo”. Para aspirar a ser chamán, explica, hay que hacer una “penitencia” de ocho años sin sal, alcohol ni sexo.
El chamán atiende en una especie de gazebo natural, con troncos y paja, abierto y circular. Efraín se presenta detrás de una mesa, donde se reparten decenas de hojas de plantas originarias de la Amazonía y algunas botellas con líquidos. Los visitantes se distribuyen en bancos, en círculos, y se le puede preguntar qué planta o líquido sirve para cada enfermedad. Él contesta rápido y sin dudar. Incluso ofrece gratuitamente sus productos para alguna dolencia eventual o picadura. Algunos se animaron a probar su eficacia. Creer o reventar.
Una de esas botellas tiene una de las preparaciones de moda: la ayahuasca. Es una bebida que se prepara a partir de la corteza de una liana y de otra planta, cuya combinación tiene efectos alucinógenos por los alcaloides que poseen los ingredientes. Hoy se ofrecen viajes para hacer experiencias de tres o cuatro días con estas comunidades, que incluyen una limpieza/preparación, para luego tomar la aya-huasca.
Pirañas, uno de los habitantes del Amazonas.“Un viaje de ayahuasca se refiere al estado alterado de conciencia que experimenta una persona al consumir la bebida ceremonial llamada ayahuasca, utilizada en rituales indígenas de la Amazonía para la adivinación, curación y expansión de la conciencia. Este estado puede incluir visiones intensas, experiencias emocionales profundas y una conexión espiritual, según lo que se interpreta de la bebida”, define la Inteligencia Artificial cuando se pregunta en la web.
Ahí se aprende también que los chamanes conviven con los hechiceros. Los primeros hacen el bien; los segundos, el mal, explica Efraín. Ambos, integrantes de las comunidades del Amazonas peruano, no descienden de los Incas sino de los Mongoles, y por eso tienen ciertos rasgos típicos.
Lo que llega a verse en una visita exprés a estas comunidades es también una situación de extrema precariedad. Aunque, a priori, sin problemas por falta de alimentos (la naturaleza es generosa para su dieta a base de pescados y bananas) y hasta con llamativa señal de wifi (¿antena satelital?).
Como se ofrecen artesanías, se recomienda llevar dólares en billetes chicos o soles, la moneda local, que puede cambiarse a 3,5 soles por dólar en el aeropuerto o casas de cambio. En el crucero o en estas comunidades la cotización baja a 3 soles. Detalles capitalistas de una experiencia natural, con paisajes increíbles, puestas de sol alucinantes y noches con coros de animales inquietantes. Que vale la pena.


