En el imaginario turístico, Chubut suele asociarse a montañas, nieve, bosques y lagos, una estepa infinita, viento, frío, ballenas y pingüinos. Pero prácticamente nadie la asociaría al vino.
Sin embargo, desde hace años esta provincia patagónica viene construyendo, casi en silencio, una ruta del vino tan extensa como inesperada: hoy cuenta ya con más de 30 bodegas y viñedos distribuidos por toda su geografía -gran parte de ellos abiertos a visitas con propuestas enoturísticas-, desde la Comarca Andina hasta la estepa central y la costa atlántica, dando vida a la ruta del vino más austral del mundo.
Con predominio de variedades de climas fríos, como pinot noir, chardonnay, riesling o gewürztraminer, la vitivinicultura chubutense empieza a consolidarse como uno de los atractivos de turismo enológico de la Patagonia.
Y no para de crecer, con viñedos ubicados hasta 1.000 km al sur de las zonas vinícolas patagónicas ya reconocidas y consolidadas -el alto Valle de Río Negro y San Patricio del Chañar, en Neuquén-, y cuyos resultados sorprenden incluso a los más entendidos.
Identidad en construcción
Con solo 25 años de historia, la vitivinicultura chubutense se considera aún incipiente, pero ya muestra señales claras de identidad: granos pequeños, hollejos gruesos, elevada acidez natural y gran expresión aromática son algunos de los rasgos que definen a estos vinos de clima frío, favorecidos por la amplitud térmica y una sanidad casi plena de los viñedos.
Piedra Parada, paisaje que acompaña la ruta del vino. Foto Shutterstock“La amplitud térmica hace que los vinos chubutenses desarrollen muchos precursores aromáticos y una gran acidez natural. Son una ‘bomba’ en boca, y esa acidez hace que no sea necesario utilizar productos químicos; por eso son vinos muy naturales y de gran complejidad aromática”, resume Darío González Maldonado, un sanjuanino que se recibió de ingeniero agrónomo y enólogo en Mendoza y participa, en mayor o menor medida, en gran parte de los proyectos vitivinícolas de Chubut.
Agrega que “este perfil permite elaborar con mínima intervención y explica por qué etiquetas de la región empiezan a despertar el interés de especialistas, y anticipan un futuro prometedor. Y no lo digo yo, lo dicen especialistas como Tim Atkins o Michel Rolland”.
Si hubiera que poner una fecha “fundacional”, habría que decir que todo comenzó a fines de los 90, cuando Bernardo Weinert, dueño de la bodega Cavas de Weinert en Mendoza y amante de la pesca con mosca, llegó a la zona con una pregunta tan sencilla como ambiciosa: por qué no producir en la Patagonia un merlot de calidad comparable al de regiones frías de EE.UU., como los que él disfrutaba en los estados de Oregon o Washington.
Recorrió varias veces la zona y en 1997 compró unas tierras que le parecieron interesantes, con un faldeo orientado al norte que aseguraba luz solar y calor. En el año 2000 plantó las primeras vides de Patagonian Wines, primer viñedo y bodega de Chubut.
Los viñedos de Otronia, en Chubut. Foto Otronia“Ningún estudio decía entonces que la zona era apta para la viticultura, pero Bernardo apostó”, relata Elsa Guevara, gerenta de Patagonian Wines y parte de la empresa casi desde su nacimiento.
Aquella decisión comenzó a delinear un camino que la provincia recorre cada vez con más convicción. Se probó que se podía hacer buenos vinos, y las bodegas empezaron a surgir poco a poco aquí y allí; en la cordillera, la meseta, la costa.
Por aquella decisión de Wieinert, podría decirse que la Ruta del Vino más austral del mundo comienza a delinearse en La Comarca Andina del Paralelo 42, que además de El Hoyo, incluye localidades como El Bolsón (en Río Negro), Lago Puelo o Epuyén, una región de gran belleza natural y tradicional productora de frutos finos, dulces, conservas o cerveza artesanal.
Cerca de Patagonian Wines se sumaron otros proyectos, como el de Ayestarán Allard, que adquirió parcelas a la bodega pionera, hoy tiene 4 ha plantadas con distintas cepas y fracciona vinos propios y de terceros. “Fraccionamos para pequeños productores; varios son prestadores turísticos como hosterías o glampings, y no tienen al vino como actividad principal”, explica Julián Ayestarán Allard.
Los viñedos se rocían para que se congelen y no los destruyan las heladas. Foto OtroniaAgrega que a muchos les donaron la cepa gewürztraminer, originaria de Alemania, “porque creemos que podría transformarse en emblema de la zona, ya que se da muy bien aquí, con vinos aromáticos y frutados”. La bodega -ofrece visitas guiadas con degustación- también elabora espumantes.
Otros proyectos pioneros aparecieron en Lago Puelo, como Hansen Becerra, con foco en pinot noir, chardonnay y riesling, y Adamow, dedicada a pinot noir y sauvignon blanc. Allí está, además, El Temazcal, único vivero vitícola de la Patagonia y engranaje clave para la expansión de la actividad, al abastecer a varios viñedos. Se puede visitar y propone actividades como la ceremonia del gong entre viñas.
Más al sur, la ruta continúa en Trevelin: hay alrededor de nueve bodegas, todas con elaboración local y tres de ellas muy visitadas: Nant y Fall, Contra Corriente y Casa Yagüe, en un impresionante valle rodeado de cumbres nevadas, muy cerca del límite con Chile.
Casa Yagüe tiene degustaciones y visitas guiadas. Foto Casa YagüeCon un valioso legado galés de casas de té, un antiguo molino y la tumba del caballo Malacara, Trevelin resulta uno de los polos más dinámicos y visibles del vino chubutense, y a los proyectos ya consolidados se suman propuestas en crecimiento, como la bodega Entre Senderos, dedicada a espumantes.
Cañadones, vides y dinosaurios
Unos 110 km al noroeste de Trevelin -y 80 de Esquel- por las rutas 40 y provincial 12 está Gualjaina, puerta de entrada a la reserva provincial Piedra Parada y Cañadón de la Buitrera, donde hay dos emprendimientos vitivinícolas, Mirador de Huancache (hostería) y Cielos de Gualjaina, una bodega familiar nacida en 2012 de la mano de dos docentes.
Con 1,5 hectárea de chardonnay, gewürztraminer y merlot, la bodega está construida en adobe y piedras de los ríos cercanos, al igual que la casa familiar, con una filosofía agroecológica y biodinámica.
La RP 12 es un interesante recorrido para empaparse del vino chubutense y, de paso, conocer paisajes alucinantes del corazón de la estepa, siempre cerca del río Chubut. A 95 km de Gualjaina está Paso del Sapo, con la bodega Rincón de los Leones en el antiguo casco de la estancia Los Robles.
La fachada de Cielos de Gualjaina, en la estepa patagónica. Foto Cielos de GualjainaUnos 200 km más adelante, en el espectacular paisaje de la reserva protegida Los Altares, un valle verde donde serpentea el río Chubut entre altos farallones rojizos en cuyos aleros, cuevas y paredes hay antiguas pinturas rupestres.
Estas postales puede disfrutarse desde la ruta 25, aunque vale la pena detenerse en los balnearios naturales del río, hacer kayak, mountain bike o trekking y visitar la bodega Los Altares, que nació a partir de la propuesta del hijo de Daniel Mileta, quien le prometió a su padre que estudiaría enología en Mendoza para dedicarse a pleno al proyecto.
Con los plantines ya comprados, el hijo de Daniel murió en un accidente y, tras el duelo, “arranqué a lo bestia; armé la bodega sin tener mucha idea, como un homenaje a mi hijo”, cuenta Daniel con todo el dolor en su voz.
Oriundo de Puerto Madryn -a 350 km-, se enorgullece de su campo, en un paisaje que define como “una réplica en miniatura del Cañón del Colorado” y que muestra con pasión a los viajeros que se detienen a conocer. Hace seis años, además, encontró fósiles de dinosaurio, incluidos unos huevos en increíble estado de conservación, que se pueden ver.
Entre Senderos, en Trevelin, está a orillas del río Futaleufú. Foto Entre SenderosTambién hace seis años cosechó por primera vez: al año siguiente salieron a la venta los vinos, y hace tres habilitó para elaborar espumantes. “Le sumamos paso por barrica; hace poco lo probó Michel Rolland, me dijo ‘tremendo’ y prometió que me iba a comprar para su restaurante”, anuncia. Hoy produce “3.000 o 4.000 botellas por año” de vino, aunque cuenta con capacidad para hasta 22.000 litros. A Los Altares se sumará, en breve, la vecina La Alameda, en etapa de pre inauguración.
Un salto hacia el sur (casi 200 km) permitiría seguir recorriendo la meseta central en Sarmiento, con dos bodegas imperdibles: a orillas del lago Musters, al que los tehuelches llamaban Otrón, se expanden los viñedos de la bodega Otronia, que plantó sus primeras vides en 2010, hizo su primera cosecha en 2017 y comenzó a comercializar sus vinos en 2020.
Fundada por Alejandro Bulgheroni Family Vineyards, hoy es la principal bodega de la provincia -no abre al turismo-, con 52 ha de viñedos orgánicos, y prevé lanzar en 2026 dos vinos ícono -un pinot noir y un chardonnay- que “buscarán representar la mejor expresión del proyecto Otronia”, cuenta Guido Malacalza, enólogo de la bodega.
Destaca que “Sarmiento ofrece condiciones muy poco frecuentes para la vitivinicultura. El frío define en gran parte el perfil de los vinos; el viento es uno de los factores más desafiantes, y la gran luminosidad de los días de primavera y verano permite una maduración óptima”.
La bodega tiene 4 hectáreas con distintas cepas. Foto Ayestarán AllardA 27 km de Sarmiento está uno de los principales bosques petrificados del país. Y a seis km de la ciudad, Huella Austral, una bodega de sidra que busca “reivindicar a Sarmiento como pueblo productor”, asegura Siria Polenta Obeid.
Con visitas gratuitas y opción a desgutación, es un emprendimiento de los hermanos Larregui, nacidos en Sarmiento. Siria cuenta que uno de ellos, Sergio, “recordaba que en su infancia había muchas manzanas en la zona, y ahora casi no hay, porque los campos se pasaron a ganadería. En España vio cómo aprovechaban las manzanas, y entonces en 2023 plantó 2.200 manzanos, para que a futuro todo el producto sea 100 % sarmientino. La bodega usa manzanas premium y elaboran con el método champenois, de doble fermentación: el resultado es un producto de alta calidad.
Además de una sidra seca con poca azúcar residual, elaboran una segunda línea endulzada con almíbar y una tercera, la “sidra de hielo”: “Congelamos y descongelamos el jugo de la manzana, y eso se fermenta. Al descongelar, se extrae la mayor cantidad de agua extra y se logra un concentrado de manzana con elevada azúcar residual, que no genera burbujas. Es como un vino o licor de manzana, y es nuestro producto más premiado en concursos internacionales”.
Vinos de río y mar
Desde Los Altares, el río Chubut rumbea hacia el este, y uno puede seguirlo por la ruta 25, que cruza la provincia de la cordillera al mar. En el Valle Inferior, históricamente dedicado a ovejas, frutales y frutos rojos, comenzaron a aparecer bodegas -hace poco más de 10 años-, sumando el enoturismo a este circuito de galeses, dinosaurios, pingüinos y ballenas.
“En Gaiman, Trelew y Puerto Madryn hay varios nuevos proyectos, incluso algunos con etiquetas de chardonnay que empiezan a llamar la atención”, avisa Darío Maldonado, que también asesora en la zona.
El paisaje imponente de Los Altares. Foto ShutterstockEntre casas de té galés y campos que alguna vez recorrió la princesa Lady Di, está la bodega Bardas Al Sur, en una chacra de Gaiman en la que Roberto Barragán nació y se crió, y en 2010 comenzó a probar con las uvas.
“Comenzamos con el INTA Trelew, que hacía ensayos desde 2003 con todos los varietales, y se empezaron a dar muy bien pinot noir y malbec. Le encargamos las plantas a un vivero de San Patricio del Chañar (Neuquén) en 2012, e inicialmente plantamos 450 de cada una”, cuenta Barragán.
En 2016 construyeron un laboratorio, y al año siguiente iniciaron la construcción de la bodega, que empezó a producir en 2020. “No sabíamos de vinos, de elaboración, de nada; pero nos asesoró muy bien Belén Pugh, del INTA. Al inicio mandábamos las muestras en colectivo a un enólogo en Gral. Roca, empezamos bien a pulmón”, recuerda.
La bodega Huella Austral se especializa en sidra de alta calidad. Foto Huella AustralSigue creciendo y recientemente lanzó un nuevo malbec estiba reservada con paso de seis meses por barricas de roble francés y tres por roble americano.
La frontera vinícola se extiende aún más hacia el sur, con una parada imprescindible en Bahía Bustamante, casi a mitad de camino entre Camarones y Comodoro Rivadavia. Nació como un pueblo en la estancia del español Lorenzo Soriano, dedicada a la extracción de algas. Ahora las casas de los trabajadores se reconvirtieron en un exclusivo lodge en un sitio apodado “la Galápagos de la Patagonia” por su gran biodiversidad (pingüinos, lobos marinos, 22 especies de aves, etc.) en un sorprendente paisaje de playas de arena.
Proponen navegación para ver fauna, cabalgatas, recorridos en bicicleta, visitas al bosque petrificado y caminatas por las playas. Y desde 2018 se puede recorrer el viñedo, con más de 4.000 plantas de semillón, pinot noir y albariño, a metros de donde rompen las olas.
“El proyecto Vinos de Mar tiene potencial de ser posicionado como un vino único. Aspiramos a lograr una producción de más de 10.000 botellas”, asegura Matías Soriano, nieto del fundador y hoy al frente del lodge.
Hay más. Porque a la Ruta del Vino de Chubut se le podría sumar una última escala en el norte de Santa Cruz, en la estancia Bahía Lángara, unos 30 km al sur de Caleta Olivia.
“Soy nacido y criado en Cañadón Seco y en el campo familiar, de más de 100 años, siempre tuvimos ovejas, hasta que empecé a buscar qué otra cosa hacer y hace 5 años decidí probar con el vino, a ver qué salía”, cuenta Jorge Montoya, al frente de la estancia.
Bahía Bustamante es un exclusivo lodge sobre la costa atlántica, que sumó viñedos en 2018. Foto Bahía BustamantePlantó chardonnay, pinot y malbec, y “se dieron todas”, dice. “Al segundo año ya dieron frutos, el tercer año tuvimos mucha pérdida por las aves. Así que las protegimos con redes, y logramos la primera cosecha, con vinos que van a salir este año elaborados en la bodega Ayestarán”, cuenta Jorge, que también plantó unos 40 olivos, “para experimentar”.
Aunque no abre aún al turismo, le gusta la idea: “El lugar da; estamos muy cerca del mar. Podría hacerse un buen circuito, más ahora que volvió la ballena sei a la zona. Pero primero queremos ver qué podemos producir”, concluye.
Esta última escala lleva la frontera actual de la ruta del vino a más de 46° de latitud sur, consolidándola como la más austral del mundo. Una propuesta enoturística única, que conjuga los mejores sabores con grandes paisajes, historias de pueblos originarios e inmigrantes y fauna; un recorrido vitivinícola tan austral como único.
¿Vino en el fin del mundo?
El plan está en fase inicial, experimental. De prosperar, se convertiría indudablemente en el viñedo y la bodega más australes del mundo, por mucho. Nació como la propuesta de graduación de Héctor Abolsky para recibirse de ingeniero industrial, y consiste en desarrollar viñedos y, a futuro, construir una bodega nada menos que en Ushuaia, a orillas del canal Beagle.
En Ushuaia, el plan está en fase experimental. Foto ArakurSu padre, Esteban Abolsky, es director del grupo hotelero Arakur, y lleva adelante este proyecto pionero de cultivar vides en un predio del hotel Tolkeyen, que cuenta con la dirección enológica de Darío González Maldonado.
“Hicimos primero una plantación en el predio del hotel Arakur, en lo alto de la montaña, en maceta y en piso, y estamos en etapa de comenzar a evaluar resultados. Luego, en 2023 plantamos distintas cepas de clima frío y ciclo corto, blancas y tintas, en terrenos del hotel Tolkeyén; algunas en invernadero y otras a la intemperie; algunas protegidas contra el viento o el frío y otras no, y con distintos tratamientos por hileras. Después veremos qué combinaciones entre cepas y protecciones es la que mejor funciona”, explica Héctor Abolsky, en la búsqueda de “dar con la fórmula para que los viñedos se desarrollen a la intemperie”.
El principal interrogante por el momento es saber si en el verano las plantas reciben el sol y el calor necesarios para la etapa de crecimiento.
El enólogo González Maldonado compara esta experiencia con la de Weinert en Chubut hace más de 30 años, cuando decían que “estaba loco”, y hoy Chubut y sus vinos “marcan tendencia”, dice, esperanzado en que este ensayo pueda ser el inicio de un proyecto enoturístico y siente las bases para una vitivinicultura fueguina.


