Podría comenzar con esa tarde de sábado otoñal, recién llegada a Cantabria, comunidad autónoma del norte verde de España. Tarde soleada en Santander, exquisita, sin viento. Zigzagueando entre las obras que están transformando la antigua sede del Banco Santander en un espacio cultural, desemboco en el paseo marítimo y los Jardines de Pereda. Parece que todos los santanderinos tuvieron la misma idea, animados por el buen clima, porque circulan a pie, en bici, ocupan las terrazas de los cafés y bares al aire libre. Y hacen cola en las heladerías.
(Casi) Todos pasan con un helado en la mano y no veo otra que sumarme a la movida. Ahí está Capri, justo frente a la bahía, una de las heladerías artesanales más reconocidas de esta ciudad, junto con Regma y Monerris.
Dato para mirar con más cariño aún el panorama mientras se saborea un vasito de, por ejemplo, fresa y, un sabor más local, crema lebaniega al orujo: curiosamente orientada al sur, la bahía de Santander –que cambia su semblante según la luz y el viento- pertenece al Club de las Bahías Más Bellas del Mundo.
Allí está también la llamativa arquitectura y el perfil escamoso del Centro Botín -un apellido con mucho peso en la ciudad; Ana Botín es cuarta generación al frente del Banco Santander- que, además de arte, regala buenas vistas desde su terraza de acceso libre (el ascensor externo sorprende con una obra sonora del británico Martin Creed).
El arte viene pisando fuerte en Santander, porque ahí nomás están trabajando en remodelar el antiguo edificio del Banco de España como sede asociada del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
El Centro Botín y el paseo marítimo de Santander. Foto ShutterstockSabores de tierra y mar
Entre estos primeros pasos por la ciudad, a los que se suma un recorrido por comarcas como Trasmiera, los Valles Pasiegos, la Costa Central, y el último amanecer, unos días después, en el Parador de Fuente Dé, en Liébana (a dos horas en auto), Cantabria se va colando en cuerpo y alma… aunque empezando por el estómago.
Cada almuerzo y cada cena es un incesante desfile de sabores.
Unas anchoas, un bacalao con una salsita para mojar el pan, un cocido con vista a las montañas, unas zamburiñas a la parrilla, un lomo de merluza, unos quesucos de Liébana o unas carrilleras de ternera.
Cada ingrediente y cada plato te cuenta un pedacito de Cantabria.
Sea en un restaurante con una estrella Michelin como La Casona del Judío, donde Sergio Bastard juega con sabores, colores y formas; o en un restaurante como el Cenador del Capitán, en Potes, donde nos recibe Wences para hacernos probar la sopa con fideos y el famoso cocido lebaniego (garbanzos, zancarrón, chorizo, costilla, morcilla, tocino y repollo), la costilla de Tudanca (raza bovina autóctona; se cocina 18 horas a baja temperatura), y para una buena digestión tras la panzada, sirve “té del puerto”, que se prepara con una flor de alta montaña y el mágico toque del orujo.
El lema turístico “Cantabria infinita” parece de lo más acertado. Porque voy rescatando retazos del viaje y pronto me encuentro con un despliegue inabarcable. Entre lo rural y lo urbano, entre la montaña y el mar; entre playas y cuevas (las que se usan para madurar quesos artesanales y las que guardan arte rupestre). Con palabras que dicen mucho, como las que terminan en uco/uca –escapaduca, pequeñuco, tierruca-, y son diminutivos que denotan cariño. O las que definen cosas que pasan en Cantabria, como esa lluvia fina y persistente, chirimiri o calabobos.
Y el verde constante, profundo, húmedo, brilloso, que colorea esa bella geografía ondulada.
De reyes y baños de olas
El paseo en Santander, que arrancó por su bella bahía, sigue con una vuelta por el Mercado del Este, la Plaza Porticada, la Catedral y el recuerdo del incendio de 1941 (al que llaman el “incendio andaluz”, porque empezó en la calle Cádiz y se extendió hasta la calle Sevilla, alimentado por el viento sur).
Pasamos por las playas con sus nombres curiosos como “de los Peligros”, por los ataques piratas, o “de las Bikinis”, porque la gente iba a ver a las primeras mujeres usando esa prenda-, el Palacio de la Magdalena, El Sardinero y el Faro de Cabo Mayor.
Mucho antes de las bikinis, en estas playas se hacían los “baños de olas”, de moda entre la aristocracia a mediados del siglo XIX, e impulsados por la reina Isabel II que, por consejo médico, buscaba alivio para sus problemas de piel.
El Palacio de la Magdalena, rodeado de vegetación. Foto Turismo CantabriaEl icónico Palacio de la Magdalena, donde el rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia pasaron los veranos entre 1913 y 1903 -también para disfrutar de estos “baños de olas”- es propiedad del Ayuntamiento de Santander, sede universitaria, de convenciones y, atención, se puede reservar para celebrar una boda (solo la ceremonia para decir “Sí, quiero”; no la fiesta). Hay un sector celosamente resguardado de miradas indiscretas, destinado a los reyes de turno, por si quieren venir.
Pueblos bonitos
En Liérganes, la primera vista es la bucólica imagen del viejo puente al que le sacamos una y mil fotos (atención con el primoroso jardín que asoma detrás; el dueño seguramente sabe que se luce en los celulares del mundo).
La estatua que recuerda la historia del Hombre Pez en Liérganes. Foto Turismo CantabriaEl puente, el río Miera y el molino son parte de la historia del Hombre Pez, que tiene su estatua sobre una de las orillas: Francisco de la Vega era un muchacho pelirrojo, poco sociable, al que le gustaba nadar, nacido alrededor de 1660.
Una noche en Bilbao, a donde su madre lo había mandado a trabajar, se tiró en la ría y nadie supo nada más de él. Cuando ya lo habían dado por muerto apareció, cinco años después, en Cádiz (en la otra punta de España, en el sur). Lo primero que balbuceó cuando lo sacaron del agua, entre redes de pescadores, fue “Liérganes” , que hoy es uno de “Los Pueblos Más Bonitos de España”.
Unas de las callecitas de Santillana del Mar. Foto ShutterstockOtro pueblito cántabro elegido en este grupo de “bonitos” es Santillana del Mar. Es pequeño, empedrado y peatonal, con edificios históricos como la colegiata del siglo XII, o los que rodean a la Plaza Mayor, como el Ayuntamiento, la Torre Don Borja, la Casa del Cura, con sus balcones floridos, la Torre del Merino y el Parador Gil Blas, una casona del siglo XVII con habitaciones que balconean a la plaza.
Más allá de los siglos que atestiguan piedras y paredes, unas curiosas letras que forman la palabra “Amor” convocan incesantemente a tomarse fotos entre los visitantes.
“El cartel quedó del casamiento de mi hermana, hace 15 años”, cuenta Elena, que junto con su marido Carlos, tiene la tienda Mitupiasas en Plaza Mayor -donde están las letras- y, desde Semana Santa, la tienda Amor a 200 metros, en Gándara 3, donde venden lo que hacen en cuero, cerámicas, madera, lino o algodón.
“En la boda colocamos esas letras de amor en el jardín y tiempo después pensé que en el poyete (“banco de piedra” en el ingreso de la tienda) quedaría genial y llamaría la atención de los paseantes”. El éxito del cartel, “con tanto significado emocional”, los impulsó a producir también remeras y otros artículos con esas letras.
Seguimos con el grupo de los bonitos: cabecera de la comarca lebaniega, Potes tiene 1.540 habitantes, y su existencia ya estaba documentada en el siglo VIII. Es para deambular sin apuro entre calles, puentes, arcos, balcones con flores.
Potes enamora con sus callecitas, puentes y arcos. Foto ShutterstockEs también punto de partida para visitar el monasterio de Santo Toribio, que custodia el Lignum Crucis, el trozo más grande de la Cruz de Cristo, y convoca a peregrinos del Camino Lebaniego. También pasan por Potes quienes van rumbo al teleférico de Fuente Dé, en el Parque Nacional Picos de Europa.
Muy cerca, a 15 minutos en auto, está Mogrovejo, 40 habitantes y escenario de Heidi, la película de 2015. Llegamos con una lluvia que empezó como chirimiri, pero se intensificó en pocos minutos. Sus calles, silenciosas, vacías y mojadas, suelen convocar por la vista de su peculiar Torre Medieval recortada frente al paisaje montañoso.
Mogrovejo tiene 40 habitantes. Foto ShutterstockLa gente no está en la calle, pero sí en el único bar a la vista. Unos quesucos, una buena charla y la lluvia que por algo el norte es verde.
Sueños que fermentan
Dos postales para el final, en diferentes puntos geográficos pero unidas por la pasión y los sueños.
Comillas sorprende por su monumentalidad arquitectónica y, especialmente, por El Capricho de Gaudí.
El Capricho de Gaudí, una visita imperdible en Comillas. Foto Turismo CantabriaCon la guía de Aldo, nos zambullimos en la historia del palacete modernista.
Contratado por Máximo Díaz de Quijano, un indiano que hizo fortuna en Cuba, Antonio Gaudí concibió esta casa a sus 30 años “en clave de sol”, no solo por los 6.916 girasoles que recubren el exterior, sino porque cada sala/habitación está ubicada para un mejor aprovechamiento del sol y la luz. La naturaleza y la música son ejes centrales del diseño.
La historia oficial dice que Gaudí nunca estuvo aquí, pero ¿podría haber hecho todo esto a la distancia? En cuanto a Máximo, solo pudo aprovechar tanta exquisitez pocos días: en 1885 volvió de viaje enfermo, interrumpió las obras finales de la casa para descansar… y murió una semana después.
Sarah y Aitor junto a sus fermentos en La Lleldiría. Foto ViajesTras pasar de mano en mano, e incluso alojar un restaurante, la casa ahora es un museo para explorar la arquitectura y la genialidad de Gaudí.
Del sueño arquitectónico, al sueño rural de Aitor y Sarah, en medio de montañas verdes, vacas y cabañas desperdigadas en los Valles Pasiegos.
Contagia la felicidad por su emprendimiento, La Lleldiría, dedicado a los quesos artesanales, los fermentos (de ahí el nombre, que viene de lleldar, fermentar) y el rescate de las costumbres pasiegas.
Los quesos de La Lleldiría. Foto ViajesÉl, español, ingeniero de obras públicas hasta hace unos meses. Ella, estadounidense, psicóloga y profesora de inglés. Los unió el amor y la elaboración de quesos con leche de las vacas de los vecinos que practican una ganadería tradicional y familiar. Pocas vacas –no más de 20- y leche de muy alta calidad. Los nombres de sus quesos -Lolo, Siso, Carmina, por ejemplo- son un reconocimiento a ellos.
Terminamos, una vez más, alrededor de una mesa. Entre quesos, kombuchas (infusiones fermentadas), hidromiel y encurtidos, brindando por los sueños, los de ellos y los nuestros. Y por volver.
Cómo llegar a Cantabria
El punto de partida para recorrer Cantabria puede ser Santander. Pasajes ida y vuelta de Iberia, desde Buenos Aires hasta Santander con conexión en Madrid, desde 2.242.000 para noviembre y 2.509.000 para fines de enero.
Para moverse por la región, ideal alquilar un auto.
Dónde alojarse
- En Santander, hotel Soho Boutique Palacio de Pombo, desde 80 euros la habitación doble en noviembre (con desayuno, 114).
- Parador de Santillana Gil Blas, desde 92,66 euros la hab. doble en noviembre. Con desayuno, 128.36.
- Parador Fuente Dé, en el PN Picos de Europa: desde 71.40 euros la habitación doble.
- Parador de Limpias, a 15 km de Santoña, desde 101 euros la habitación doble.
Cuánto cuesta
- Centro Botín de Santander. Entrada a exposiciones (Colección de la Fundación Botín por medio de distintas presentaciones y visitar las exposiciones temporales), 9 euros.
- Paseo en barco en Santoña, desde 15 euros por persona.
- El Capricho de Gaudí, 7 euros. Chicos de 7 a 12 años, 3 euros.
- La Lleldiría: visitas guiadas, catas de quesos y almuerzos, entre 12 y 50 euros por persona.
- La Casona del Judío: experiencias gastronómicas de 120 a 200 euros por persona.
- Menú del día en restaurante de Santillana del Mar, 23 euros. Paquete de 12 sobaos+ 1 quesada, 9.5 euros, lo mismo que una quesada pasiega + una caja de 10 corbatas.
- Parador Fuente Dé: cocido labaniego, 23 euros; bacalao confitado, 24 euros; cordero guisado, 25 euros.
Dónde informarse
Recibí en tu email todas las noticias, coberturas, historias y análisis de la mano de nuestros periodistas especializados




