
Hace pocos días la revista especializada Wanderlust eligió a Buenos Aires como la ciudad turística más atractiva del mundo en 2025. La distinción -basada en la opinión de lectores de todo el globo- destaca la gran oferta de museos, cafés, librerías y actividades culturales que tiene la ciudad para ofrecer, así como el rico patrimonio artístico urbano, que nos distingue en la región.
El espacio público deslumbra por fachadas, cúpulas, iglesias y palacios de extrema belleza, pero también por más de 2.000 estatuas, fuentes, bustos, copones y relieves escultóricos que enorgullecen a los locales y despiertan la admiración de los visitantes.
Son obras que narran alegorías, cuentan nuestro pasado o rinden homenaje a triunfos, hazañas y figuras políticas y que resultan fundamentales para entender la historia que nos precede.
La gran mayoría fueron realizadas entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX por artistas de influencia como Antoine Bourdelle, Auguste Rodin, Edmond Peynot, o Eugenio D’Huicque. También, más cercanos en el tiempo, por referentes como Fernando Botero, Eduardo Catalano o Julio Le Parc.
Sea cual fuere el caso, Buenos Aires está inevitablemente moldeada por las manos de algunos de los maestros escultores más virtuosos que dio el oficio. Las obras llegaban en barco -la argentina Lola Mora esculpió Las Nereidas en Roma- o ellos mismos se ofrecían a viajar hasta acá a trabajarlas. Pero todos querían que su arte embelleciera nuestras calles.
Preservarlas es un desafío enorme, porque están constantemente expuestas a la degradación ambiental, el paso del tiempo y los actos de vandalismo, especialmente el robo de placas, manos, pies, cabezas o figuras enteras de mármol y bronce para su reventa -situación que se agravó en el actual contexto de crisis socioeconómica-.
Pero este gobierno tiene una política muy firme al respecto y en los últimos dos años avanzó con importantes intervenciones para resguardar esta valiosa herencia cultural, como el arreglo de la fuente de aguas danzantes del Monumento a los Dos Congresos; la puesta en valor, por primera vez desde su inauguración en 1942, del imponente monumento a Simón Bolívar de Parque Rivadavia –de José Fioravanti, el mismo autor del Monumento a la Bandera en Rosario-; el emplazamiento de la Flor de Irupé -robada de Parque Centenario en la década del 80 y reproducida ahora a partir del molde de una copia provista por el museo Luis Perlotti-; la creación del Jardín de Esculturas en el Museo de Bellas Artes; y la limpieza y restauración de varias de las figuras que dan marco al Jardín Botánico y al Ecoparque.
Hace pocas semanas concluyeron las obras en el Patio Andaluz del Rosedal de Palermo -una joya construida hace casi 100 años con materiales que llegaron en barco desde España-; y comenzó la instalación de los dos pétalos ya reparados de la Floralis Genérica que se habían caído durante el temporal de diciembre de 2023.
Involucrados en la mayoría de estas intervenciones están los trabajadores de Monumentos y Obras de Arte (MOA) del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Son los héroes anónimos y meticulosos que se encargan de investigar, limpiar, eliminar graffitis, pintar y esculpir con técnicas artesanales réplicas de las partes faltantes de cada estatua, busto o conjunto escultórico dañado. Sin su rigor profesional, su respeto por la autenticidad histórica y su obsesiva atención a los detalles mucho de nuestro arte se perdería para siempre.
Para que los restauradores trabajen en mejores condiciones, y también para posicionarlo como un lugar de divulgación artística más accesible para los vecinos, alumnos de colegios y turistas, se ampliaron y corrigieron las estructuras interiores y exteriores del edificio del MOA ubicado en el corazón del Parque 3 de Febrero.
Además, se creó un espacio de exposiciones al aire libre adecuado para mostrarle al público las esculturas reparadas, un área nueva para el archivo que consultan los investigadores y un salón para charlas y eventos.
Simultáneamente se sigue actuando contra el delito del robo de piezas artísticas y contra el mercado informal que ello genera.
Desde enero de 2024, se clausuraron casi 160 depósitos de chatarra y locales de compra y venta ilegal de metales y se reguló el comercio legal exigiéndole a los vendedores que se inscriban en un registro para poder seguir la trazabilidad de los metales comercializados, su cantidad, procedencia y destino.
El mundo avanza y se transforma a un ritmo sin precedentes. Esta realidad inexorable genera cierta tendencia a homogeneizar a las ciudades, convirtiéndolas en “ciudades marca” que compiten entre sí por atraer la atención del turismo y los inversores, aunque en el proceso se terminen pareciendo unas con otras.
Dentro de estos cambios tan grandes afortunadamente persisten en el espacio público tres elementos esenciales ante los que el empuje de la globalización debe resignarse: la idiosincrasia, la cultura y la identidad.
No son rasgos opcionales, sino expresiones genuinas de pertenencia y significado. Y tanto los gobiernos como los planificadores y desarrolladores tenemos la responsabilidad de garantizar que cualquier esfuerzo de modernización, crecimiento y progreso cuidará e integrará orgánicamente estos tres elementos.
Una ciudad moderna y verdaderamente inteligente es aquella que le abre las puertas al futuro, pero abraza su pasado, garantizando que el progreso no borrará los elementos que la hacen única.


